Psiquiatría y Psicología. Impresion personal

Tras leer dos artículos publicados en prensa con planteamientos contrapuestos, doy mi impresión personal al respecto.

Extractos

propongo que existe un conflicto de intereses entre diversos actores

la especialidad de psiquiatría, se constituyó en el objetivo a batir

Somos todo aquello contra lo que habíamos luchado a los 20 años

La neurología sigue viendo a la persona como “un cerebro con sus ramificaciones”

…en el camino, se ha ido olvidando progresivamente de la variable persona

las preguntas que nos hacemos condicionan las respuestas…limitaremos nuestra mirada y solo veremos aquello por lo que preguntamos

Si algo caracteriza a la enfermedad mental es que toca la esencia de la persona

cualquier conducta que se separe un poco de los estándares sociales, se convierte en una patología a tratar

Una impresión personal a modo de polémica

A propósito de los artículos que publicó el periódico El País los días 14.02.16 (artículo 1artículo 2) (Dr. Miguel Gutiérrez Fraile. Presidente de la S.E.P) Whitaker, referente a la psiquiatría, y a tenor de sus planteamientos tan contrapuestos, me veo en la necesidad de manifestar mi punto de vista personal sobre lo que se afirma en ambos artículos.

En primer lugar, y como argumento de inicio, propongo que existe un conflicto de intereses entre diversos actores (psiquiatras, Psicólogos, Neurólogos, Industria farmacéutica, Industria de Parafarmacia, Medicinas Alternativas, medios de comunicación etc.)

Como es lógico, ante un conflicto en el que están en juego tantos intereses, cada uno de ellos tiende a “arrimar el ascua a su sardina”.

Antes de centrarme en la Psiquiatría, haré un breve recorrido por los demás interesados.

Respecto a la Psicología, es una disciplina que surgió como profesión sanitaria en España en fechas muy recientes, último tercio del pasado siglo. En principio, como era lógico, tuvo que “buscarse su propio hueco” en el mercado y en el terreno disciplinar. Para ello, entre otras cosas, debió mantener un pulso de poder con un campo ya muy instalado como era la medicina y, dentro de ella, la especialidad de psiquiatría, se constituyó en el objetivo a batir.

Hablaban de la medicalización de la sociedad y ofertaban otro tipo de respuestas, por supuesto más acertadas, para acabar con ello y mejorar la salud de la población, desde sus propios paradigmas. Ciertamente, desde esa posición y dado que, con razón, la medicina, a lo largo de los siglos, había incurrido en múltiples excesos, aportaron y aportan otro punto de vista enriquecedor y con importantes logros profesionales. Pero, junto a lo anterior, como tantas veces ocurre, incurrieron en los mismos defectos que tanto habían combatido, psicologizaron a la sociedad: “Somos todo aquello contra lo que habíamos luchado a los 20 años”.

Por otro lado, la Neurología, con sus logros en el diagnóstico y en el tratamiento de las enfermedades del SN, veía, y sigue viendo, a la persona como “un cerebro con sus ramificaciones” y a las enfermedades mentales como enfermedades del cerebro.

Las Ciencias Básicas (Matemáticas, Física, Química, Biología)  fueron proporcionando unos conocimientos y unas tecnologías que se fueron incorporando a la medicina, aportándole instrumentos de diagnóstico y tratamiento. De este modo, la medicina se ha ido convirtiendo en una disciplina que se limita a detectar una enfermedad y aplicar unos tratamientos a través de los medios antes referidos y, en el camino, se ha ido olvidando progresivamente de la variable persona. Han abandonado esa mirada holística que caracterizaba hasta fechas muy recientes al médico.

Pero ¿qué pasa cuando aplicas el razonamiento anterior a la Psiquiatría? La respuesta a esta pregunta, por desgracia, nos pone ante los ojos que, hasta el presente, y a pesar de los múltiples intentos de aplicar la tecnología a la actividad mental, nos topamos con que ésta es tan compleja e inabarcable, que no nos proporciona muchos beneficios. Angustiosamente, la Psiquiatría trata de encontrar respuestas a través de la tecnología a aquello que nos identifica como personas. Esta empresa se me antoja como algo difícil, por no decir imposible.

Entonces, ¿en qué lugar se ubica la Psiquiatría? Parece como arrinconada entre las otras disciplinas. Para defenderse, intenta acoplarse a los mismos parámetros de la Medicina,  y así va derivando cada vez más hacia una Psiquiatría biologicista. Cuenta como instrumento fundamental para su práctica con la Farmacología. Pero claro, esto es insuficiente.

Nos encontramos, pues, con una Psiquiatría que, ante la presión que ejercen sobre ella el desarrollo de las otras disciplinas afines, se defiende adoptando una posición biologicista, acorde con el ‘boom’ de la psicofarmacología y de las teorías que emanan de Silicón Valley (Posibilismo). Persisten de forma casi residual otras escuelas (Fenomenológica, cognitivo-comportamentales, socioculturales, psicoanalíticas y psicodinámicas, etc.) Pero las corrientes hegemónicas siguen siendo, sin duda, las biologicistas, siguiendo el paradigma médico.

La Psiquiatría intenta “comprender” la enfermedad mental desde la posición del Médico que, con las múltiples tecnologías a su alcance, piensa que puede desentrañar el origen de la enfermedad mental.  Así, surgen en todas partes gran número de investigaciones cuyo objeto de estudio son: alteraciones genéticas, alteraciones morfo estructurales del SNC, nuevos fármacos. Pues bien, el resultado es una avalancha de “hallazgos”, todos inconexos entre sí, y que en cada uno de ellos, sobre todo en los de más impacto, parece que han desentrañado un aspecto importante de la enfermedad mental. En ello estamos.

Aventuro, que la actividad mental, por otra parte la más compleja del SN, no se dejará aprehender por ninguna de las múltiples tecnologías al uso. Pero, como suele ocurrir cada vez que los humanos intentamos comprender la realidad, las preguntas que nos hacemos condicionan las respuestas. En el caso que nos ocupa, si entendemos al ser humano como un conjunto de procesos físico-químicos, nuestras preguntas serán formuladas en esa dirección y, así, limitaremos nuestra mirada y solo veremos aquello por lo que preguntamos.

Si algo caracteriza a la enfermedad mental es que toca la esencia de la persona, la define como tal en su individualidad y ésta es imprevisible, gran parte de ella desconocida por la propia persona, sometida a la interacción de múltiples variables, de suerte que una respuesta de un individuo a una determinada situación, no es la misma que la de otro, e incluso, el mismo individuo responde ante circunstancias similares de manera diferente y hasta, a veces, opuesta.

Y ahora el Psiquiatra, a quien le es dado institucionalmente establecer los límites entre lo normal y lo patológico, se encuentra ante una gran “papelón”. Lo cual, por un lado, le crea un gran conflicto, pero, por otro, le otorga un gran poder.

Ante ello, LA INSTITUCION se ve en la necesidad de trazar esa “raya roja” y ¡vaya si lo hace!: aparecen las dos grandes Nosologías más al uso, una propiciada por la OMS (CIE), y la otra por la (APA)  Asociación Profesional de Psiquiatría de EEUU. Las dos comparten el hecho de que establecen una serie de categorías que trazan los límites entre lo “normal” y lo “patológico”. Esta categorización de los trastornos psicológicos se traslada a la sociedad de forma que ésta se limita a aceptar y compartir esta forma de concebir el sufrimiento humano (los sujetos desean ponerle nombre a su malestar o infelicidad, lo cual refuerza esa misma visión, aun cuando sus intereses no coincidan con los de la institución psiquiátrica).

En el terreno de la practica psiquiátrica y para simplificar, los profesionales han adoptado la actitud en general de seguir a la Academia y, así, el abanico de lo que se dio en llamar “Trastornos”, por las nosologías anteriormente referidas, se va abriendo e incluyendo nuevos  Trastornos, de forma que cualquier conducta que se separe un poco de los estándares sociales, se convierte en una patología a tratar. Aparecen como patologías una serie de alteraciones emocionales, producto unas de ellas de la angustia que acompaña al ser humano desde su nacimiento, y otras producto de los avatares por los que va transitando a lo largo de su vida.

Se niega la palabra sufrimiento o, si no, se le despoja de sentido y, por tanto, todo aquel que sufra es “porque padece algún trastorno”. La consecuencia primera es el aumento exponencial del número de supuestos pacientes, y la segunda el desempoderamiento de la persona. Ya no tiene por qué sufrir, ya no tiene por qué decidir, siempre hay un remedio para ello.

O sea, nos iremos encontrando, cada vez más, a un tipo de persona echa a imagen y semejanza del Dios Ciencia, dependiente, sin contradicciones, uniforme, adaptada, sin recursos propios y fácilmente manipulable. Sería como decir: “Tú no tienes ninguna responsabilidad ante tu sufrimiento (Nosotros te lo arreglamos), limítate a seguir nuestras instrucciones, y te sentirás feliz”.

Conclusiones

Lo planteado anteriormente no tiene por qué ser así. En la práctica existen muchos profesionales que trabajan con las personas  que centran toda su atención y sus conocimientos en ayudarle a que ellas mismas comprendan mejor “su problema”, desde su propia visión. Que piensan que, a través del intercambio interpersonal, se puede construir un discurso que, en algunas ocasiones, se ha estancado, en otras, las propias defensas lo ahogan y en otras su percepciones le engañan y le hacen entrar en un mundo caótico.

Ayudémoslos a ellos desde esa posición de intercambio, de respeto, de escucha, de comprensión.

Quién puede negar, a día de hoy, que existen  autenticas  enfermedades psiquiátricas y que en la génesis de las mismas intervienen múltiples factores, ya sea de tipo genético, educacional, ambiental, psicológicos, tóxicos. A su vez, existen multitud de enfermedades (Neoplásicas, Endocrinas, sistémicas, infecciosas Etc.), que, en su inicio y desarrollo, presentan síntomas psiquiátricos. A ellas tiene que prestar atención el Psiquiatra como Médico para hacer el mejor diagnostico. Ante las propias enfermedades mentales (Psicosis y Depresiones graves, sobre todo), el psiquiatra, sin olvidar lo anteriormente expuesto, además de ello, debe utilizar instrumentos, ya sean farmacológicos o de otra índole, cuya eficacia esté contrastada y, por supuesto, con un tiempo limitado en cuanto a su uso.

El Psiquiatra de hoy, en general, ha dejado de lado lo que nos enseñaron los maestros de finales del S.XIX y principios del XX. En muchos aspectos tenemos que volver a ellos para que nuestro rol en el mundo de la Medicina  sea el de el experto que escucha, que comprende, que sitúa a la persona, de verdad, en el centro de su profesión, y que, a la vez, tiene los instrumentos para asesorar a otras especialidades médicas, con el fin de que sean capaces de detectar los mecanismos que se esconden detrás de muchos conflictos que dificultan el diagnóstico de muchas enfermedades y que, a veces, explican una mala respuesta post-operatoria,  una paresia, una diarrea, etc. Debemos por tanto de sentirnos orgullosos de ser MÉDICOS Psiquiatras, con el saber humanista y con los conocimientos teorico-practicos de la medicina y de la especialidad de Psiquiatría.